jueves, 22 de septiembre de 2016

La moral de la carne

“A man must have a code”
Bunk (The Wire)

Déjenme ver si entendí bien. Un carnicero mata a un ladrón, y muchos lo aplauden porque se hizo justicia, entendiendo a la justicia como la victoria de unos principios morales por sobre otros. Porque en definitiva eso es: poner en una balanza cierto obrar y medir su peso al cotejarlo con algún estándar, ponderando y relativizando situaciones y accionares, castigando unas y premiando otras en la comparación. ¿No es acaso la imagen de la justicia una mujer sosteniendo una balanza, con sus ojos vendados y espada en mano?
La idea de justicia se basa en lo que se entiende por que es el bien y que es el mal, y la discusión de tales convenciones siempre ha atraído mi atención. Sobre todo porque al ponerlas en debate y diseminarlas se puede llegar a conclusiones impensadas como, por ejemplo, comprender que tanto el carnicero como el ladrón podrían haberse manejado bajo el mismo código moral en el desafortunado episodio que aquí nos compete.


Welcome to the jungle

Uno de los principios que está presente en muchas culturas y religiones, es el principio de la autopreservación. Hasta los robots de Asimov poseen en su lógica tal mandamiento, escondido en la 3ra ley de la robótica: “Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley”.
(¡Como nos la complicaste, grandioso y querido Isaac, poniendo por encima del individuo la protección de lo colectivo! ¡Cuanto provecho sacaría la humanidad al tomar como propias estas tres leyes lógicas!)

Para simplificar el debate, se podría decir que dicho principio responde a una cuestión natural, biológica, instintiva, inconsciente, pues hasta el organismo menos inteligente lucha cuando su entidad se pone en riesgo. Esta es la famosa “ley de la selva”, la de comer o ser comido, que hasta los pokemones respetan. Fijense sino que los bichitos virtuales tratarán de escapar cuando se los atrapa con una pokebola. Qué sínico que eres, oh tu maestro pokemon, tratando de encadenar la libertad de un ser vivo (poco falta para que comiencen marchas a favor de la libertad de los pikachus)

La autodefensa devenida en asesinato del otro, entendiendo el concepto "asesinato" como la anulación del prójimo (pues para mí lo puede haber en diferentes niveles, corpóreo como psicológico, social y cultural, hasta llegar al extremo de eliminar por completo la vida de la otra persona) es un valor que se impone por encima de otros valores, como por ejemplo, la empatía por toda una clase social desprovista de justicia, de comida y de oportunidades de realización. Rara vez no se respeta esta ley. Tal vez el contraejemplo más notorio es la figurita repetida del fanático kamikaze que se inmola frente al templo enemigo para aportar a la noble causa y de paso reencontrarse con su dios en la eternidad. En tal caso no puedo dejar de notar que la regla es casi la misma, pues tal sujeto entiende que es más importante asegurar el júbilo de su alma en la vida posterior, a vivir encadenado en este planeta corrompido por, según él, falsos cultos.
En una u otra situación, parece imperar en el ser la necesidad de proteger la propia existencia o la propia ley, es decir, no solo defenderse uno mismo, sino también defender lo que uno considera que es digno de defensa, noble y sagrado. La familia dirán algunos, el nombre de Alá dirán otros. Cuando no haya nada que defender; si las leyes propias corren riesgo de perecer, si el entendimiento del mundo se pone en jaque, la persona tampoco seguirá existiendo como es, peligrando su propia preservación por peligrar el mundo ya construido y entendido. Por lo tanto, la lucha contra el afuera, el externo, el otro, el enemigo, es principio fundamental de base, y es una reacción casi inevitable si peligra la vida y la realidad que cada uno desea conservar.

Para decirlo en otras palabras: no se le puede recriminar a alguien que pelea por sí mismo bajo una amenaza real o sentida (luego habrá que probar si esta amenaza es veraz).



Ningún pibe nace chorro

¿Pero en qué momento comienza esta legítima lucha?
Si la máxima de la autopreservación es un principio moral incuestionable. ¿En qué momento y bajo qué criterios uno puede asegurar que la propia existencia se pone en riesgo? Gran dilema para el poder judicial.
Contemos un cuentito, aunque mejor que lo cuente un groso como Camilo Blajaquis. Este dice más o menos así:

“Yo la primera vez que robé, compré un par de pizzas porque en mi casa estábamos cagados de hambre. Hoy eso ya no es el común, no hay una pobreza extrema como en los 90, hoy los pibes roban porque quieren pertenecer, yo robaba un auto y lo tenía por 20 minutos y me sentía que pertenecía… Toda la sociedad, la tele, la publicidad en las calles, dicen que ser es tener, ¿por qué el pibe de la villa no va a tomar ese mensaje también?” (1)

Si, el cuentito del pibe chorro, del pibe villero. Ese que todos sabemos pero pocos entendemos o al menos intentamos entender.
Al leer su reflexión vuelvo a preguntar: ¿En qué momento comienza la lucha por la supervivencia: cuando a tu casa entra un chorro enfierrado para robarte o cuando andás con hambre porque el estado está ausente y la sociedad te discrimina porque naciste desfavorecido en la repartija? ¿En dónde ponés el cero? ¿Quién decide cuándo y cuánto es “autopreservación” y cuándo y cuánto es atropello al otro injustificadamente?

Compliquémosla un poco más. “Ser es tener”, dice Camilo. ¡Qué genialidad chabón! ¿Quién lo discute? Capitalismo ergo sum. Entonces ¿Responde al instinto de supervivencia el querer “ser” (es decir, ser parte, ser social, ser de este mundo, ser de alguna manera) lo que lleva a uno a querer “tener”, y por lo tanto quien no posee los medios convencionales para lograr tal acometido sale desesperadamente a buscarlos, ya que de otra manera no “es” y, por lo tanto, peligra su supervivencia? En tal caso “tener” se convierte en un imperativo que necesariamente se debe seguir para sobrevivir, y que en ciertos extremos justifica el robar (tal imperativo justificaría también el accionar de los hijos de puta dueños del mundo ¿quién podría juzgarlos bajo esta única ley?)

Está claro que robar por comida es instinto de defensa. Y si algún conservador o cristiano llegó hasta este párrafo, agrego el adjetivo; instinto “natural” de defensa. Vieron que a ellos les encanta lo que está bajo esta ley, la de la naturaleza, y se sienten cómodos cuando se habla de lo que es natural.
Contemos un cuentito teñido de filosofía. El pibe. Ser es tener.

Sos un genio Camilo.



Llegando los monos

Que difícil resulta entonces fijar ese punto, esa línea divisoria que es de una tonalidad gris gris, al definir cuándo una persona se está defendiendo, cuándo está garantizando de alguna manera su propio subsistencia en un mundo por demás hostil e injusto. Tal vez en tal análisis pueda florecer una crítica un poco mejor fundamentada, en vez de impartir juicios a mansalva sobre lo acontecido entre el carnicero y el ladrón. Porque lo más preocupante no es el hecho trágico que a mi entender tiene dos víctimas: el pibe asesinado por la sociedad y el carnicero que carga en la espalda una cultura aborrecible; hecho lamentable aunque previsible, teñido de la animosidad exacerbada del que quedó vivo por querer "hacer justicia", transfigurado por un brote psicótico que ni siquiera le pertenece, porque es de toda una sociedad (y por lo tanto, no es de nadie). Lo más preocupante a mi entender es el aval posterior que recibe su accionar, como si esa ley fuese la única ley posible, la de Darwin, la de la supervivencia del más fuerte. La de matar o morir.

¿Estás seguro que es correcto el lado de la mecha en el que te encontrás?

Lo interesante de las cuestiones y los códigos éticos es que la gente flasha que los mismos han sido tallados en unas piedras por Jehová, o han bajado por el orar de un profeta que no iba a la montaña sino que la montaña iba hacia él. Pero la posta, querido religioso, querido conserva de latón, es que todas las normas son construcciones sociales, las cuales respondieron a lo que se sabía del mundo en un período histórico determinado, en una cultura determinada, en un lugar físico determinado y con conocimientos determinados (y sobre todo limitados). Dios no tiene nada que ver en todo esto.

Casi todos estos códigos se norman a partir de conocimientos empíricos, de lo que ha entendido el hombre como bien y mal, de lo que supo aprender para subsistir. La legítima defensa no se escapa a este conocimiento, surgido a posteriori de la experiencia. Solo la teoría kantiana, a mi entender, de ley moral como saber a priori (es decir, antes de uno mismo) merece un aplauso. El resto de las normas que se suponen preestablecidas antes del hombre, sobre todo las híper-religiosas, casi ninguna. Queda en nosotros entonces poner las reglas y discutirlas. Sobre todo esa que dice “no desear la mujer de tu prójimo” (bueno, con las novias de los amigos no se jode, claro está).

¿Al ver el cadáver festejás? ¿Decís "uno menos"? ¿Te brota un odio irracional del cuerpo, el cual se manifiesta en la espuma que te sale por la boca? Ojo con eso che.

Podríamos seguir largas horas. Citar filósofos y pensadores, transcribir aforismos supremos de tipos que la tenían mucho más clara que yo y que vos en estas cuestiones. ¿Pero de que sirve tanta teoría moral, si al dar vuelta la página vas a seguir pensando lo mismo? Como lo expliqué en una reflexión anterior, lo candente demanda y no nos podemos detener a leer extensas críticas y textos de otros. Es más importante lo que nos dice la tele. Por eso prefiero no ahondar en detalles y abrir preguntas que, por incotestadas, a lo mejor nos lleven algún día a compartir una birra y charlar largo y tendido. Con que termines de leer y te vayas con el cuestionamiento de qué carajo hicimos tan mal para llegar a tal extremo, donde se cambia alfil por peón y ladrón por asesino, me conformo por hoy.



(1) http://pausa.com.ar/2015/11/camilo-blajaquis-no-somos-monstruos/